viernes, 24 de agosto de 2012

UNA DE OLIVOS

"El alma prima arbolorum" era como denominaba Quinto Horacio al olivo. Un poeta que deseaba la perfección absoluta, el no va más de la culminación en la expresión.
Aquel hombre antiguo de reflexión era hijo de un esclavo, de un don nadie, pero resulta que entendía de olivos porque observaba en su aceituna el totem de la excelencia.
Aún los siglos continuan levantando estos arbustos retorcidos, troncos con recovecos únicos. Siguen fascinando los olivos que, coronados con ramales, braman al cielo su libertad, sudando por sus terminales la savia con olivas diminutas.

Son las almas antiguas que toman cuerpo en bellas y arcanas formas para observar el paisaje de la vida y, simplemente, moviendo sus pequeñas hojas. Es el "arbolorum" que, igual que Horacio, siluetea con perfección aquel sueño que anhela exprimir la aceituna de cada instante, la que nos brota por las ramas de nuestro lado.



miércoles, 18 de julio de 2012

EL BOSÓN


Se trataba de la "the goddman particle", la maldita partícula complicada de hallar, difícil de arañar e imposible de acariciar, por cuanto de rara tenía; y por ser una insólita minucia, una irreverente, siempre se convirtió en la extravagante obsesión.


Ahora, la oveja negra ya no es tal, se ha vuelto la preferida y la más interesante, la reina del carnaval. Por ello, la miga bonita, inexplicablemente, ya tiene el título nobiliario de la Partícula de Dios. El señor Higgs, se las vio y se las deseó para colocar en la mesa del microscópio al escurridizo bosón, a la mota inconcreta tan particularmente minúscula como su fuera un pelo de Dios.


La triza, el horzuelo, o sea el bosón, en realidad es el apellido de un físico y matemático de las tierra de Mahatma Gandhi que manoseaba partículas con Alfred Einstein, el señor Satyendra Nath Bose. Con el señor Higgs, la pizca endiosada, adquirió la virtud de ser subatómica y, además, obtuvo el papel estelar de originar masas. La masa pesada que se cuece en chup-chup por todo el universo.


Ahora, yo amo a esta partícula en cuestión, no porque sea una uña de Dios, sino porque soy un enamorado de las minucias. Quiero a esa pequeña cosa que trasiega por los átomos y que planta la cara aquí y que se desintegra seguidamente allí. De pronto, abre los ojazos y después los desvía con mirada que te deja desorientado; además, me fascina estar asombrado y en ascuas ante una chispita.


Sí, quiero a la desconocida chispa, con sus pedazos desperdigados de un tal Todo y que flotan como pompas de jabón en este gran lío de por aquí, en este gran archivo comprimidito, apretujado y recompuesto, colocado dentro del exhuberante cuerpo de la señorita materia.


Y en todo esto, entre mi migaja de amores, me da que Dios se toma varios cafés con leche en la esquina, mojando en el caldo de la taza el escurridizo y perforado donuts de Higgs.

domingo, 8 de julio de 2012

EL BOSQUE DEL ABECEDARIO

“...cientos de árboles contienen el aliento sobre tú cabeza...”.

                                            Ángel González

Vivo en el bosque del abecedario, entre sus árboles y los recitales de letras que en él se componen. Me localizarás pasando el río al cruzar por el segundo puente, el que está hecho de troncos. Doy estas indicaciones para que me encuentres pues no recibo visitas. No me aburro por estar solo ni la apatía va conmigo, tampoco padezco alguna extraña soledad.

Pero deseo tener un encuentro en mi bosque de letras, viendo tú imagen entre los árboles. La petición de que vengas la escribo con la clara intención de que estés aquí. Sólo te demando la silueta perfilada o dibujada entre dos de los robles de enfrente. Incluso me conformo con tú presencia en forma de bruma en la espesura de la arboleda.

Cuando llegues, te enseñaré el arte del abecedario con la gloria de una "g" y la intuición de una "i". Cuando las veas a ambas unidas notarás el espíritu del bosque, el cual me visita desde hace años.

Charlaremos y hablaremos con devoción y hasta platicaremos con atención. Las tres cosas a la vez porque son lo mismo. Esta es la manera que tengo aquí de encadenar la libertad de la expresión, es mi forma de vivir con las palabras todos los mismos instantes.

Cuando vengas haremos un fuego con algunas letras y verás que por mucho que se quemen siguen impecables. No se chamuscan aunque te empeñes en ello, y hasta son muy calladas. No hay quejas. Lo descubrí con la hache una noche de frío en que metí una de las mayúsculas en la hoguera y ni una chispa saltó como espiga al viento, ni un quejido. Es una letra silenciosa y cuando está como brasa, sigue muda. A la mañana siguiente estaba igual: tiesa y apoyada en sus patas, como si nada. Al resto de las letras les pasan cosas similares y todas siguen lozanas y frescas después de una noche de quema.

Por mucho que veas el lado gracioso, no te rias de mis artimañas porque no es un circo lo que cuento. La situación es seria en el bosque, y más, desde que tuve su espíritu sólo para mí. Vivir en el verdor del trazo de una letra “v”, o en la máxima del tronco de una “m”, desprende un enigma que hace que en las letrillas reaparezcan las formas del misterio, y esta situación no es premeditada.

No estoy en la arboleda a cambio de darme el pego de impenetrable ni para estar por encima del consumo sostenible y murmurar que soy más ecológico. Lo que me pasó es que brinqué del cemento a una espesura sin señal de satélite, sin tener ante mí el engendro de una propiedad. Así fue como llegué a todas las combinaciones del alfabeto, haciendo que rebotaran como pelotas de frontón entre los árboles del bosque del abecedario.

Sin embargo, ser el custodio de un bosquejo grafitero no siempre entraña bondades, pues hace unos cuatro meses, en la tercera semana de abril, apareció un tipo que dijo era el cobrador. Que a ver si pagaba mi estancia en el bosque porque sino lo hacía la cosa iría a mayores. Me informó que mi puesto peligraba y que mi terreno se podría disolver, arar y talar, quedando como un indescifrable alifato árabe y reducido a una jota. Pensé que estaba jodido, pero reaccioné de inmediato y me lancé a solucionarlo. No deseaba que la selva arbolada finalmente se conviertiera en un lugar donde se recordara mi estancia con tres poemas en un tronco; no quería que mi experiencia quedara como el cautiverio vivido entre unos frondosos árboles.

Incluso pensé que hasta algún cantamañanas haría de todo ello una canción, triste y melancólica, tatareando un "la la la" al hombre del bosque del abecedario. Demasiada letra compungida para tanta caligrafía enamorada, y con dos estrofas patéticas, languidecer mis arrebatos de optimismo solitario. No deseé tener una canción por mucho acorde en sostenido que llevara o con arpegios ronroneados a tres dedos.

Así que solventé la deuda con un trueque de monedas por comas y los puntos. Hice collares enganchándolos como si fueran perlas hasta que llené un saco completo. Después vendí todas las gargantillas; las liquidé en la orilla del río haciendo ofertas a los peces. A ellos les encantan las comas y los puntitos, tanto desperdigados como en forma de joyas, porque construyen juegos serpentinos moviéndo la cola y pasando a ras, jugando como locos a zigzaguear. Pasan horas en zarandeos en los que construyen sueños para sentirse unos delfines.

De esta manera mercadeé para conseguir la calderilla con la que aplacar al cobrador y solventar el adeudo. Pero mantuve alejados de la reventa los puntos de arriba y las comas de abajo, porque es lo que da aristocracia al abecedario. Ofrecen, colocados como dos rebanadas, el contraluz de una graciosa sensualidad; además, continúa con lo anterior. ¿Lo ves?, no hace un corte de tijeras ni deja cicatriz; mira cómo lo enlaza y cómo sigue el caminito siguiente. Esos puntos y comas marcan el sendero que va a continuación, y en un bosque es imprescindible tales señales. Pocos cuentos se habrían escrito sin las señales puntualizadas y hechas con unas migas de pan, con las que descubrir por dónde debía seguir escribiéndose la fábula.

Observarás las cosas que se aprenden en el bosque marcando con las equis los atajos, solventando imprevistos con las eles que caminan en fila india o descansando sobre una “t”, convertida en taburete.

Es por ello que deseo y te propongo que me visites. Para verte en lo tenue de una bruma escrita y para sentirte en la improvisación de un escueto abecé. Aquí es donde descubrirás con agrado las veintisiete y estarás encantado de desabrochar de tu mente el corchete. Una vez separado, podrás verlas por las ramas colgadas como si fueran ropas de hilo lavadas en almidón. Y te aseguro que quedarás en éxtasis cuando veas el espíritu que prolifera por doquier, desde cada raiz y por cada una de sus hojas.

Te prometo que lo descubrirás de inmediato, entre los átomos revoltosos de cada garabato, y pegado a la letra con la que empieza eso que le llamas tú nombre.



                                             Anthel Blau



“Nada es lo mismo. Habrá palabras nuevas para la nueva historia y es preciso encontrarlas antes de que sea tarde”.



                                        Ángel González (poeta)







jueves, 5 de julio de 2012

LOS DE ROJO

Unos tipos de pueblo, con la filigrana de una pelota y con el empeine, se han transformado en la daga afilada que destroza al enemigo, rematándolo, además, a muerte. Se han comido todas las redes a pelotazos, agujereándoles el orgullo una a una. Con resistencia numantina han llegado al cenit aplacando cada tempestad dejándola en un fuera de juego. Lo han hecho rodando y triangulando, con un fútbol fresco y estratégico que resiste al negocio de los fichajes de estrellas, esos luceros que se encienden con una mecha corta.

Así que ha triunfado un equipo del barrio, uno que juega entre cuatro esquinas de una calle y que rompe de un pelotazo el cristal de la vecina. Es el del grupito rojo y sudoroso que no detiene nadie en el endemoniado asunto del juego de la pelota; y además, con la obsesión geométrica en la cabeza, el cuadrilátero, han alcanzado el grial de la pelota.

Y entiendo su griterio, porque a veces he manoseado los manguitos de un futbolín.


jueves, 21 de junio de 2012

ALGÚN A VECES

A veces he pensado que ya no tengo más para anotar ni más que contar. Que ya no dispongo de nacientes ideas, que he alcanzado el último recodo de la inspiración, que se ha secado el laberinto construido con términos y vocablos; sin embargo, a la mañana siguiente, observo pasmado un resquicio de humedad. De nuevo supura un flujo por el meollo del lenguaje, un brebaje que empapa el atolladero de la jerga del verbo con una poderosa sensación: la de que soy inagotable y de que dispongo de la energía de los paneles solares. Entonces, es cuando de nuevo pienso que el jaleo de escribir no ha hecho más que empezar.

martes, 19 de junio de 2012

LOS NÚMEROS

“La búsqueda de la verdad es una inquietud matemática”.
El espíritu es una ecuación casi resuelta y estoy pendiente del resultado; aunque, siendo aún desconocido, me parece que ya está en alguna parte.

Existe una incógnita numérica que mueve todas las emociones, siguiendo unos gráficos con  procesos aleatorios y que, exprimiéndose uno a uno, hacen un jugo con miles de resultados de intensidades altas o bajas. Ellos fluctuan, y con algún orden entregan sabores a cada sentimiento mientras escanean recorridos a pasitos de enamorados o a zancadas de rabietas; finalmente, envían mensajes cifrados por routers codificados, y después descodificados.

Las sumas y las restas, la multiplicaciones y las divisiones, ya están aprendidas en los programas de educación, los cuales puntuan el pico del máximo saber y al pico de la completa ignoracia, también le mantienen un resultado de número. Igualmente, ya están todas las operaciones minuciosamente anotadas en los códigos de la herencia con sus variables más probables. La numerología, da unos resultados muy precisos bajo cualquier circunstancia con que se resuelve o se diluye una situación. En todo, donde sea, siempre aparecen sus composiciones.

Si lo anotado parece una solemne locura, una suculenta incoherencia, es debido a un cálculo de posibilidades y valoraciones. La composición milímétrica de una teoría está pesada con gramos y marcada en un medidor donde hay el mercurio de las creencias. Encriptadas en determinado abismo neuronal, llenan o vacían de profundidad cualquier contenido. Todas ellas son medibles y siempre están expuesta en la gran bienal de la dualidad. Sólo hay que visitar la macro exposición, año tras año.

Y no hay más, finalmente siempre quedan los números. Ellos son los que arriban con las velas desplegadas al resultado final. Son de por sí magistrales y conscientes; todos retienen la luminosidad del diamante más pulido, el que posee la calidad y la pureza del alma más divina. Por eso, cada resultado es el trozo de alguna brillante Gran Verdad.

(A Issac Newton. Buscador de la verdad por el camino del número)


lunes, 18 de junio de 2012

BREVES Y MICRO ESCRITOS (I)


Hace dos días que circulé por una carretera de muchas curvas que terminaba en una localidad muy tranquila; me detuve en el bar del pueblo a tomar un café y a leer la prensa. Cuando vi la fecha del diario me di cuenta que era el 2 de agosto de 1956. La sorpresa es que en ese día aún no había nacido, y encima podía leer el periodico y hasta tomar café.

No pienso ir al loquero, simplemente, porque todo lo escriba como yo quiero.



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Empezó el fútbol lleno de gradas apasionadas, de los veintidós que persiguen el cáliz de una pelota. Se alcanza este grial con griterio y correteando por un prado verde con una constante obsesión geométrica en la cabeza: el cuadrilátero.

Lo sé, porque a veces he manoseado los manguitos de un futbolín.



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El dios bondadoso ya no está en el cielo lleno de estrellas de multicolores. La divinidad se ha mudado al altar celestial del parqué bursátil, al paraíso de todas las plegarias donde se ora a diario el peso del oro con ojos bien extasiados. En este nuevo cielo, es donde por gracia divina muchos de sus rezos terminan con el culo al aire, ya que el brillo del dorado finaliza centellando en otro bolsillo debido a que son mejores las plegarias, además de estar resueltas con más convicción.



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Llegó el calor en el isla: los gatos están panza arriba, el perro duerme plácidamente debajo de una sombra, y yo remojo los pies en un cubo con agua. Mientras lo anoto, pienso en cómo me atrae lo siguiente que escribiré. Ya tengo interés por lo que todavía desconozco. El resto son pamplinas.